16 de julio de 2011

4 de julio de 2011

Filosofía en el tocador


...por otro lado, el animal humano, como lo sabe rousseau,
es esencialmente bueno;
cuando no lo es, es porque alguna causa exterior
lo obliga a ello, causa que debe ser detectada, combatida y
destruida lo antes posible, sin la menor vacilación. los que
pretenden que el animal humano es maligno sólo quieren
domesticarlo para convertirlo en un asalariado sombrío
y un consumidor deprimido al servicio de la circulación
de capitales. Capaz de crear en diversos mundos verda-
des eternas, el hombre lleva en sí el ángel con el cual las
religiones pretendían embaucarlo. eso es lo que enseña,
desde siempre, la filosofía propiamente dicha. para que
ese ángel interior se declare, hay que sostener un princi-
pio, una máxima –finalmente siempre la misma– bajo una
gran variedad de formas. elijamos la de Mao: “Desechar
las ilusiones, prepararse para la lucha”. Sostener lo ver-
dadero contra lo ilusorio y, cualesquiera sean las circuns-
tancias, combatir antes que rendirse; no veo que una ver-
dadera filosofía –como la de los catorce cuyos nombres
alberga mi pequeño panteón– pueda desear otra cosa.
el punto es que hoy, con el nombre de “filosofía”, in-
tentan imponernos una máxima ciertamente opuesta, que
se expresaría así: “Cultivar las ilusiones, prepararse para
capitular”. Hemos visto surgir revistas en las cuales la “fi-
losofía” se parece a la fitoterapia o a la eutanasia de los
entusiastas. Filosofar sería una pequeña parte de un vas-
to programa: estar en forma, eficaz pero relajado. Hemos
oído a “filósofos” declarar que, ya que el bien es inacce-
sible, incluso criminal, hay que contentarse con luchar
palmo a palmo –y sobre todo codo a codo con nuestros
amigos yanquis– contra diversas formas del Mal, cuyo
nombre común, si se mira de cerca, no es otro que “árabe”,
o “islam” o, si no, “comunismo”. Hemos visto resucitar
los “valores”, de los cuales habíamos logrado desemba-
razarnos con la ayuda eterna de la filosofía, como la
obediencia (a los contratos comerciales), la modestia
(ante la arrogancia de los histriones de la tele), el realis-
mo (son necesarias las ganancias y las desigualdades),
el egoísmo absoluto (bautizado “individualismo moder-
no”), la superioridad colonial (los buenos demócratas
de occidente contra los malvados déspotas del Sur), la
hostilidad al pensamiento vivo (todas las opiniones deben
tomarse en cuenta), el culto al número (la mayoría siem-
pre es legítima), el milenarismo estúpido (ya mismo bajo
mis pies el planeta se está calentando), la religión vacía
(tiene que existir algo…) y aquí me detengo; ya muchos
“filósofos” y “filosofías” no se detienen y, por el contra-
rio, se empeñan en infectarnos con esas cosas mediante
articulillos, debates, tapas rimbombantes (“la ética de
las stock-options: los filósofos toman la palabra”) y mesas
redondas endiabladas (“los filósofos, entre la tanga y el
velo”). esta prostitución permanente de las palabras “fi-
lósofo” y “filosofía” –prostitución que enseguida señaló
Deleuze y cuyo origen, recordemos, fue la producción
puramente mediática del sintagma “nuevos filósofos” a
partir de 1976– termina resultando agobiante. tal como
van las cosas, ya no serán solamente los cafés los que se
declararán “filosóficos” (qué invención tristísima, que la
expresión “café filosófico” sea la sucesora de la “char-
la de café”, como hasta hace poco se identificaban las
conversaciones estereotipadas). al final, terminaremos
penetrando con gran pompa en filosóficos toilettes.


Alain Badiou,
del prólogo de su recientemente
aparecido libro

Se la ví o Cest la vié?