28 de septiembre de 2011

25 de septiembre de 2011

Flexiones de tiempo

 



El fracaso del imperio


 Por Robert Fisk *
Los palestinos no lograrán un Estado esta semana. Pero probarán –si logran los votos suficientes en la Asamblea General y si Mahmud Abbas no sucumbe a su característica postración frente al poder de Estados Unidos e Israel– que merecen un Estado. Y establecerán para los árabes, lo que a Israel le gusta llamar –cuando agranda sus colonias en tierra robada– “hechos de la tierra”: nunca más podrán Estados Unidos e Israel chasquear sus dedos y esperar que los árabes junten los talones. Estados Unidos perdió su paquete en Medio Oriente. Se terminó: el “proceso de paz”, “la hoja de ruta”, el “acuerdo de Oslo”; todo el fandango es historia.
Personalmente creo que Palestina es un Estado de fantasía, imposible de crear ahora que los israelíes han robado tanto de la tierra de los árabes para su proyecto colonial. Vayan y echen un vistazo a Cisjordania, si no me creen. Las masivas colonias judías de Israel, su perniciosas restricciones a la construcción de hogares palestinos de más de un piso y el cierre de los sistemas de aguas cloacales como castigo, los “cordones sanitarios” al lado de la frontera jordana, los caminos sólo para israelíes han convertido el mapa de Cisjordania en un parabrisas aplastado de un auto chocado. A veces, sospecho que lo único que evita la existencia de “un Israel más grande” es la obstinación de los palestinos.
Pero ahora estamos hablando de un asunto mucho más serio. Este voto en la ONU va a dividir a Occidente –a los estadounidenses de los europeos y montones de otras naciones– y va a dividir a los árabes de los estadounidenses. Y va a hacer estallar las divisiones en la Unión Europea; entre europeos del Este y del Oeste, entre Alemania y Francia (el primero apoyando a Israel por todas las razones históricas de siempre, el último enfermo por el sufrimiento de los palestinos) y, por supuesto, entre Israel y la Unión Europea.
En el mundo se creó un gran enojo por las décadas del poder israelí, su brutalidad militar y la colonización; millones de europeos, aunque conscientes de su propia responsabilidad histórica por el Holocausto judío y bien conscientes también de la violencia de las naciones musulmanas, ya no se intimidan en su crítica por temor a ser catalogados de antisemitas. Hay un racismo en Occidente –y siempre lo habrá, me temo– contra los musulmanes y los africanos, así como hacia los judíos. Pero, ¿qué son los asentamientos israelíes en Cisjordania, en donde no puede vivir ningún palestino, árabe o musulmán, si no una expresión de racismo?
Israel comparte esta tragedia, por supuesto. Su gobierno demente ha llevado a su gente a este camino hacia la perdición, adecuadamente resumido por su temor a la democracia en Túnez y Egipto –qué típico que su principal aliado en esta tontería sea la terrible Arabia Saudita– y su cruel negativa a disculparse por la matanza de nueve turcos en la flotilla a Gaza el año pasado y su otra negativa a disculparse con Egipto por el asesinato de cinco de sus policías tras una incursión palestina a Israel.

11 de septiembre de 2011

Discurso Salvador Allende: Universidad de Guadalajara, Mexico, 1972


(…) porque una vez fui universitario, hace largos años, por cierto -no me pregunten cuántos-, porque pasé por la universidad no en búsqueda de un título solamente: porque fui dirigente estudiantil y porque fui expulsado de la universidad, puedo hablarles a los universitarios a distancia de años; pero yo sé que ustedes saben que no hay querella de generaciones: hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en éstos me ubico yo.
Hay jóvenes viejos que comprenden que ser universitario, por ejemplo, es un privilegio extraordinario en la inmensa mayoría de los países de nuestro continente. Esos jóvenes viejos creen que la universidad se ha levantado como una necesidad para preparar técnicos y que ellos deben estar satisfechos con adquirir un título profesional. Les da rango social y el arribismo social, caramba, qué dramáticamente peligroso, les da un instrumento que les permite ganarse la vida en condiciones de ingresos superiores a la mayoría del resto de los conciudadanos.
Y estos jóvenes viejos, si son arquitectos, por ejemplo, no se preguntan cuántas viviendas faltan en nuestros países y, a veces, ni en su propio país. Hay estudiantes que con un criterio estrictamente liberal, hacen de su profesión el medio honesto para ganarse la vida, pero básicamente en función de sus propios intereses.
Allá hay muchos médicos -y yo soy médico- que no comprenden o no quieren comprender que la salud se compra, y que hay miles y miles de hombres y mujeres en América Latina que no pueden comprar la salud; que no quieren entender, por ejemplo, que a mayor pobreza mayor enfermedad, y a mayor enfermedad mayor pobreza y que, por tanto, si bien cumplen atendiendo al enfermo que demanda sus conocimientos sobre la base de los honorarios, no piensan en que hay miles de personas que no pueden ir a sus consultorios y son pocos los que luchan porque se estructuren los organismos estatales para llevar la salud ampliamente al pueblo.

5 de septiembre de 2011

La violencia tiene un futuro promisorio


Como resultado del modelo occidental de explotación del medio ambiente, los recursos naturales se agotan cada vez más en numerosas regiones del mundo. Así, cada vez mayor cantidad de personas dispondrán de menores recursos para su sobrevivencia. El resultado: conflictos violentos opondrán a todos aquellos que pretendan obtener alimentos de un mismo espacio geográfico, o beber de las mismas fuentes de agua. Dentro de poco, la distinción entre refugiados que huyen de las guerras y refugiados que huyen de su medio ambiente, entre refugiados políticos y refugiados climáticos, no tendrá más valor, puesto que se multiplicarán nuevas guerras provocadas por la degradación del medio ambiente.
Las guerras provocadas por el clima serán la forma directa o indirecta de la resolución de los conflictos en el siglo XXI. La violencia tiene un futuro promisorio: la humanidad asistirá no solamente a migraciones masivas, sino a soluciones violentas a los problemas de los refugiados, a verdaderas guerras por el acceso a los recursos.


HARALD WELZER



que escribió éste libro.